Artículo / Cultura

El otro final de... Braindead, tu madre se ha comido a mi perro

Roger, el tendero, jamás superó que Paquita le rechazara, y menos después de verla con mantilla en el entierro de Vera, la madre de Lionel. Aquella fue la primera mantilla que se vio en Wellington y una de las pocas en toda Nueva Zelanda. Aquel pedazo de mujer, afligida y sentada en primera fila de la iglesia, sugería unos encantos latentes bajo el luto. Sus tostados hombros destacaban entre la palidez de las mujeres de Wellington y la convertían en el objetivo de miradas y comentarios.

Y fue justamente allí donde Roger decidió cambiar el destino que el tarot había deparado para la vida amorosa de Paquita. Dado que las cartas la habían encaminado hacia el pavisoso de Lionel, el tendero quiso cortar por lo sano y cargarse a su rival. Para eso no se le ocurrió mejor manera que clonar al mono de la Isla de la Calavera que había provocado el desastre en el pueblo unas semanas atrás y que había incrementado de manera ostensible la venta de segadoras. Invirtió para ello todos sus ahorros y contrató a un científico de la capital, un tal Malory Stownbad, cuyo objetivo los últimos años había sido quitarse del vicio de las tragaperras en los bares.

Entre los dos robaron del congelador de muestras del depósito de cadáveres los restos del animal. Puesto que Vera había acabado con él clavándole repetidamente el tacón en la cara, el bicho estaba irreconocible, pero sus restos eran más que suficientes para culminar con éxito el experimento.

Tres meses después venía al mundo una especie de rata dentuda y despeluchada, digna descendiente de su ‘padre’, del que solo se diferenciaba en su carácter tranquilo y bonachón, nada que ver con el cabronazo de su clon. Le pusieron de nombre Vicente y por más que Roger malmetía para que se cepillara a Lionel, no pudo conseguirlo.

Sin embargo, el destino desdijo lo predicho en el tarot y pronto Paquita se cansó de Lionel y de su complejo de Edipo. Desde que se casaron, el torpe y lelo Lionel no paraba de recordar a su querida madre. Mamá hacía esto, mamá hacía lo otro… Y Paquita, como buena latina, se marchó de casa no sin antes darle un par de guantazos a ver si se espabilaba.

Terminó ese día bailando reguetón ella sola en la discoteca del pueblo. Cuando entró solo había tres personas en el local: una era un camarero que se hurgaba los dientes con un palillo detrás de la barra; otra era el doctor Stownbad que sudaba por conseguir el primer premio de las tragaperras; y la última era Roger, acompañado de la rata Vicente, ambos bolingas, refugiados en el alcohol ante la injusticia de su destino.

Cuando Paquita entró fue directa a la pista de baile y empezó a contonearse bajo la bola de espejos. Roger la miraba babeando. Aquella era su última oportunidad. Y entonces, aprovechando el momento, el tendero se lució en un baile de cortejo alrededor de aquella mujer que, seducida por el alarde, se dejó tentar.

Y así fue como Roger por fin se casó con Paquita después de que esta se separara. Hoy regentan el supermercado de Wellington junto al bueno de Vicente que, aunque es incapaz de matar a una mosca, hace sus funciones como segurata, y ante el miedo de que muerda a alguien nadie se atreve a robar en el negocio.

Por su parte, Malory Stownbad se ha instalado en el pueblo y ha montado el primer casino de la provincia. Creo que le va de lujo.

Por si quieres ver la película:


Rafa Canuedo

También te recomendamos

¿Por qué nos enganchan las series?

No eres un adicto a las series, tranquilo, que tu salud está en buena forma, solo te encantan muchísimo las series y estos son los motivos.

¿Por qué los Oscar son la mejor gala de cine del año? Estos momentazos tienen la respuesta

En Los Oscar nunca sabes con qué te van a sorprender. Ahí está la magia del cine y del espectáculo. Estos momentazos se merecen un premio. Los actores saben cómo interpretar su mejor papel.

Cuéntanos algo