Artículo / Cultura

El otro final de... Lost in translation

A Bob siempre le gustó bucear en las piscinas de los hoteles para ver bajo el agua a las señoras hacer aquagym. Le gusta cuando están en grupo y saltan todas a la vez; dice que le relaja y le hace sentir a gusto con su cuerpo.

Bob es un tipo curioso. Cobró dos millones de dólares por promocionar el whisky Santory en Japón y, sin embargo, parecía no ser feliz. Tal vez su secreto lo descubrió Charlotte, una joven americana, tan rarita como él, con tendencia a plantarse una peluca rosa en cuanto podía.

Los dos coincidieron en Tokio descubriendo la soledad entre la multitud (qué frase más chula, es mía). Ambos, con un jet lag tremebundo, se pasaban el día -y la noche- bajando al bar del hotel en pleno desvelo. Es curioso, pero siempre coincidían… ¡Qué suerte tienen algunos! Hartos de la vida cronometrada que les querían imponer sus patrocinadores japoneses, decidieron salir una noche. Es patético, lo sé, pero la pareja terminó en un karaoke; pero no un karaoke casposo, de esos en que los altavoces petan, huele a pipas y los vídeos se paran de repente cortando el rollo, no; Bob y Charlotte fueron a uno megamoderno en un edificio de cristal en pleno centro (que coja ideas Ana Botella).

De pronto, ya borrachos, se dieron cuenta de que entre ellos había una atracción especial, pero por motivos que desconozco no terminaron de enrollarse (y mira que había razones para hacerlo). Se dio una tensión sexual no rematada que requería una continuación.

Ni siquiera se habían dado un beso durante aquellos días cuando ya se tenían que separar. Y claro, llegados a este punto, algo tenían que hacer. Bob, no queriendo despedirse a la francesa, se fue a buscarla antes de subir al avión. Se tuvieron que parar precisamente en la calle más ruidosa de todo Tokio y allí, envueltos entre millones de peatones y el tráfico en hora punta, Bob le dijo algo al oído para después besarla y largarse. Y nosotros sin enterarnos.

Han pasado algunos años de aquello y ayer los conocí de manera casual. Siguen igual: él tan desengañado de la vida y ella lo mismo, pero en formato sexy. Han huido del mundo de Hollywood y se han comprado una casa en Menorca justo al lado de la mía. Como buenos americanos, se presentaron en casa con una tarta de arándanos. Cuando los vi en el porche no me lo podía creer. Les invité a merendar sin dudarlo. Y claro, en cuanto nos relajamos y cogí confianza, no pude evitar la pregunta:

—¿Qué coño te dijo?
La respuesta me decepcionó un poco.
—Me cantó un bolero.
Bob sonrió avergonzado y se disculpó con la mirada. Se justificó diciendo que le había cogido el gustillo al karaoke y que no pudo evitarlo.
Al oír lo del karaoke les llevé hasta la habitación de mi hija mayor y, micrófono en mano, nos pasamos la tarde jugando con las canciones de la Play. Tan a gusto estábamos que decidieron repetir la escena final en Tokio y, abrazados delante de la televisión, se pusieron a cantar a dúo: “Si tú me dices ven, lo dejo todo…”

Texto: Rafa Caunedo

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