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El otro final de… Casino

Las Vegas ya no es lo que era. La ciudad está en manos de las grandes empresas y ahora es un puñetero parque temático. El único que queda de aquellos días locos donde todo se podía conseguir con dinero es Sam Rothstein, cuyo olfato judío le hizo salir del coche antes de que saltara por los aires.

Casino- Universal Pictures

Nick Santoro, su lugarteniente y un auténtico ‘hijo de mala madre’, fue enterrado vivo en un agujero especialmente excavado para él en el desierto. Muchos agujeros hay en ese desierto, tantos como cadáveres. Una vez allí, se acabó; no existes. Esa era la ley de Las Vegas. Y si no que se lo digan a Ginger, el pivón de Sam, a la que chutaron una sobredosis para que se fuera contenta al otro barrio.

Cada día desaparecía alguien de la banda. Sin embargo, nadie quería huir dejando toda aquella pasta allí. Cada año volaban a Las Vegas millones de pardillos dispuestos a dejarse timar en los casinos. De todos, el mejor sin duda era el Tangiers, el lugar donde Sam Rothstein tenía poderes soberanos.

Si no eran las propias bandas, era el FBI. Redada tras redada hasta que no quedó ni uno. Sólo Sam, ahora conocido como ‘El gladiolo’ gracias a su estilismo, permanece en la brecha. Su visión para ganar dinero le hizo reinventarse y se ha convertido en el encargado de que nadie se lleve más dinero de la cuenta.

“No hay nadie más estúpido que un paleto con dinero inesperado en el bolsillo”. Esa fue la lección que aprendió durante sus años junto a Nick. Por eso, hoy continúa siendo el hombre más conocido de Las Vegas. Su tarjeta está en los bolsillos de todos los crupieres y, en cuanto algún incauto gana más de lo que debe, una llamada basta para que alguien del entorno de Sam se presente de manera casual y le desplume. El dinero vuelve entonces al casino. Todos menos el 25%, que va para él.

Generalmente son hombres los que juegan, de suerte que basta con sentar a su lado a una rubia de esas que van por la vida con la boca abierta para que el paleto pierda el norte. Lo normal es que vuelva a jugar seducido por una noche loca en la suite de algún hotel acompañado por aquella mujer.

Y, claro, nunca vuelve a ganar. La suerte tiene vigencia.

Una vez las fichas han volado, la rubia se va y el paleto vuelve a su casa del medio oeste.

Si vas a Las Vegas procura no ganar mucho la primera noche. Descuida, jamás verás a Sam Rothstein, pero debes saber que él conocerá todos tus movimientos. Tiene ojos en cada esquina. Eso sí, se han dado algunos casos de clientes duros de pelar que, al menos, pasaron una buena noche con la rubia antes de volver a caer en la ruleta.

Tú veras si te compensa.


Ah, y si eres mujer, cuidado con esos tipos con sombrero tejano y camisa desabrochada… por más que te gusten sus vaqueros ajustados, recuerda que están en el ajo.

Texto: Rafael Caunedo
Imágenes: Universal Pictures

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