Artículo / Cultura

El otro final de... Si la cosa funciona

Boris fue propuesto hace años para el premio Nobel de física. No se lo dieron. Después del chasco se casó con una mujer rica y todo le fue bien hasta que dejó de irle. Nunca entendió por qué discutía siempre con ella. “Si a mi mujer le gusta la música clásica, el arte, la literatura y el sexo… ¿por qué discutimos?” Boris jamás supo la respuesta.

Yo sí.

Soy amigo suyo desde el colegio y, la verdad, tengo que confesar que solo le aguanto una comida, a lo sumo una sobremesa corta, pero no más. Le quiero, claro, es mi amigo, pero es insufrible pasadas las dos primeras horas, a no ser que le pongas tranquilizantes en el vino y no moleste mientras duerme. Sus ataques de pánico sumados a una dosis alta de egocentrismo lo convierten en el candidato perfecto a eterno divorciado. De hecho se volvió a casar con una jovencita de veintiún años que se encontró durmiendo en la puerta de su casa y tan sólo le duró unos meses.

Se llamaba Melody. Era rubita y de un pueblo de Missisipi. La invitó a pasar dos minutos y terminó quedándose a vivir con él. La cosa fue bien hasta que aparecieron los padres de ella: dos beatos provincianos que veían Nueva York como el epicentro de la depravación.

Llegaron, probaron… y también se quedaron.

Jessica, la madre, descubrió que le gustaban los tríos siempre que su marido no formara parte de ellos. John, el padre, liberado de todo, salió del armario. Y todo eso en casa de Boris que, flipando, no daba crédito.

Un día, un jovencito se cruzó por la vida de Melody y su amor por Boris se vino abajo —por muy Nobel que estuviera a punto de ser—. Boris lo superó muy rápido, y volvió a nuestras comidas en Brooklyn. Me ha jurado muchas veces que nunca más se va a volver a casar, ni siquiera quiere irse a vivir con otra mujer. Claro que yo sé que su palabra tiene muy poco valor. De hecho, me temo que un día rompa su promesa. Últimamente no para de hablar de su psicoanalista. “Me pone hablar con ella”, dice siempre. Pobre mujer, espero que jamás se vaya a vivir con él; ese podría ser el final de su carrera como médico y el inicio de un prometedor futuro como paciente.

Hoy tienen su primera cita: vienen a cenar a casa. Seremos cuatro: Boris, yo, la psicoanalista y un jovencito español con cara de bobo que dice ser colaborador del CNI de su país. También es paciente, uno de los más graves. Por lo visto en España le está cayendo de todo y lleva unos días en Nueva York haciéndose selfies en la quinta avenida cobrando cinco dólares por cada uno. Y se está forrando. Espero que Boris se comporte y no le eche a gorrazos.


Texto: Rafael Caunedo
Imágenes: Sony Pictures / Wild Bunch / Gravier Productions

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