Artículo / Cultura

El otro final de... Smoke

Cuando leí la historia que había escrito Paul Benjamin, quedé fascinado por su protagonista: Auggie. Un día, cenando en un restaurante italiano en Manhattan, me confesó que se trataba de una historia verdadera y que el tal Auggie aún vivía. Es más, me preguntó si quería conocerlo.

—Solo tenemos que pasarnos mañana por su estanco —me explicó.

El otro final de Smoke- Bluemagazine BBVA

Nos recibió con una camiseta de los Yankees llena de lamparones y pequeños agujerillos. Salió del mostrador en cuanto vio entrar a Paul y se fundieron en un abrazo largo, con sonoras palmadas en la espalda. Desde un principio yo quedé relegado a un oscuro segundo plano. Nada le importaba que yo fuera el editor que estaba interesado en publicar su historia en España.

—No me gusta leer, ¿sabe? Lo mío es la fotografía.

Gracias al manuscrito, sabía que el estanquero tenía una costumbre: llevaba años colocando un trípode con una cámara en el mismo lugar y haciendo una única foto diaria a la misma hora, pasase lo que pasase.

—Es mi proyecto —me dijo echándome el humo a la cara.

—Lo sé —le dije—, ¿podría verlo?


Más de cuatro mil fotos hechas en el mismo sitio a la misma hora: una esquina en Manhattan, su esquina, la esquina de su estanco. Pronto quedé cautivado por aquellos álbumes, y fue tal la envidia que me generaron, que salí de allí con el firme propósito de hacer lo mismo en cuanto llegara a Madrid.

Elegir el lugar no me fue fácil. Tardé semanas en decidirme, y como todo me parecía mediocre comparado con las fotografías de Auggie, decidí que lo mejor era elegir un lugar dentro de mi casa. Dudé si fotografiarme el pie derecho cada día o, mucho más lógico, mi imagen reflejada en el espejo del vestidor. Tras varias pruebas frustradas, se me ocurrió que tal vez fuera buena idea adoptar un perro fotogénico y llenar álbumes de fotos con su retrato diario en el jardín.

Ya llevo once años con esto y creo que el fin de mi proyecto está cerca, a juzgar por lo viejito que está el pobre Auggie —supongo que entienden por qué le llamé así—. Por el camino he dejado tres matrimonios y una factura considerable en psicólogos, pero creo que el resultado es, desde cualquier punto de vista, espectacular.

Ahora que se acaba, no sé que haré con él. Sirva este anuncio para dar a conocer su existencia, por si algún comisario de arte estuviera interesado en ciento veintitrés álbumes con fotos de mi perro y le apeteciera hacer una exposición en toda regla.

Merece la pena, se lo aseguro. Yo he visto cosas peores por ahí.



Texto: Rafa Caunedo

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