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¿Qué pasaría si al amor le quitáramos la química?

Artículo / Cultura

¿Qué pasaría si al amor le quitáramos la química?

“El cerebro es el frágil lugar donde habita el amor romántico”.

Helen Fisher, antropóloga y bióloga.

La respuesta corta a la pregunta del titular es que no te enamorarías (ni tú ni nadie). Sólo te acostumbrarías a estar con alguien para cumplir con tu tarea reproductora si quisieras hijos o lo harías por otros medios. Sin amor pondríamos en grave peligro a nuestra especie.

“El cariño, el sentimiento de calma, paz y seguridad que sentimos a menudo hacia una pareja duradera, evolucionó para motivar a nuestros antepasados a amar a su pareja el tiempo suficiente para criar juntos a sus hijos”, dice la antropóloga y bióloga Helen Fisher.

El amor es, pues, un logro evolutivo de nuestra especie, a la que el zoólogo Desmond Morris califica de “animales sexuales sofisticados”. Para el experto en observar nuestra conducta más primaria, éste no es más que “un mecanismo biológico para mantenerse unidos por el bien de la descendencia”. Desde el punto de vista neurobiológico, parte de la evolución de nuestro cerebro, que desarrolló mecanismos para vivir en pareja.

Estamos "programados" para el amor, incluso lo que pasa en nuestro cerebro según vamos superando niveles en ese juego. O perdiendo. Porque la ruptura también tiene una función evolutiva. Todo en el amor está programado y orquestado por el cerebro, con un único fin: que procreemos y nos amemos para mantener a salvo a nuestros “cachorros”, asegurarnos de que crezcan sanos para poner en sus manos la responsabilidad de esa tarea.

El amor, visto en el interior del cerebro

¡Ah, el amor! Te atonta, te hace sonreír sin motivo, te quita el sueño y también, cuando se acaba o no es correspondido, te hunde en la “miseria”, como si te hubieran dado una paliza en el alma.

Todas estas emociones —la euforia, la lujuria, la tristeza— forman parte de eso que se llama “amor romántico” y el cerebro, con sus mecanismos y sus sustancias químicas, es el que maneja la situación; no tú. De ahí que a veces puedas hacer cosas que jamás pensaste, por amor. De hecho, Eduardo Arízaga, médico neurólogo, lo compara en síntomas con el TOC (Trastorno Obsesivo Compulsivo).

“Estar cegado de amor”, “perder el juicio” por alguien, que te guste más si pasa de ti que si está demasiado pendiente, no poder separarte ni un momento de esa persona con la que acabas de empezar… Son más que sentimientos propios del drama del amor.

La química cerebral es la responsable de toda esa “locura” del amor. Es la encargada de regular todos los procesos y de dirigir las conductas para conseguir su objetivo. Un proceso, para el Dr. Arízaga, en tres fases: enamoramiento, amor romántico y apego o encariñamiento. A veces, es más un drama en tres actos.

Helen Fisher, autora de “Por qué amamos: naturaleza y química del amor romántico”, es una autoridad en el tema de la química del amor; lleva años investigando la conducta humana hacia este sentimiento, observando cerebros gracias a la tecnología de las tomografías. Identifica las mismas etapas pero lo hace dejando claro qué impulso es el que lleva la voz cantante en cada fase: deseo, amor romántico y cariño.

Durante todo el proceso, las sustancias químicas de tu cerebro están en plena actividad, organizándose, subiendo o bajando los niveles de cada hormona en cada fase para lograr el cocktail perfecto, haciendo funcionar al cerebro al completo: memoria, cognición, emociones. Desde la amígdala —la fábrica de la dopamina— hasta la corteza frontal media, donde se toman las decisiones.

El enamoramiento y esa felicidad infinita ( “forelsket” lo llaman los noruegos), resulta ser una “trampa” de tu cerebro. Su único fin es lograr un 'match' y que la especie siga propagándose. Lleva años evolucionando y cambiando para adaptarse a ello.

Nada es casual en el cortejo: en esto somos muy primarios. Inconscientemente, buscamos material genético. Exhibimos el plumaje, como los pavos reales. Pero nuestras plumas son otras.

Aunque también, al parecer, le damos otros usos. Los circuitos cerebrales del amor, afirma esta noticia, se activan en los hombres cuando ven a su equipo de fútbol. Tal vez eso explique la entrega de la afición.

El amor: un “colocón” químico en tres etapas

Decimos que sin química no hay amor sin saber que hablamos literalmente. Cuando decimos sentir “química” hacia alguien para explicar esa conexión, en el interior del cerebro los neurotransmisores están jugando a ser Walter White, fabricando droga (natural) pura. Porque eso es lo que nos engancha. Por eso sufres tanto cuando alguien te deja: te han quitado tu dosis.

la testosterona es la que está detrás de ese dicho que insinúa que a veces los hombres no piensan con el cerebro

Así, en la primera fase, los hombres reducen el nivel de testosterona para que se apacigüe su instinto cazador y las mujeres lo aumentan, para equilibrar la pareja y fomentar la unión.

Sin embargo, antes del enamoramiento, durante la fase del cortejo, los niveles suben dramáticamente en el cuerpo masculino.

Para el psicólogo evolucionista Leander Van Der Meij, que ha realizado experimentos con esta hormona descubriendo que despierta la creatividad en los hombres (para llamar la atención de la mujer), es “el pedal del acelerador del cuerpo”. Vista así, la testosterona es la que está detrás de ese dicho que insinúa que a veces los hombres no piensan con el cerebro.

la noradrenalina hace que focalicemos nuestra atención en la pareja o que ésta “nos quite el sueño”

Otras sustancias importantes en esta primera fase son el cortisol (la responsable del estado de estrés) que te mantiene alerta y la noradrenalina que hace que focalicemos nuestra atención en la pareja o que ésta “nos quite el sueño”.

O la serotonina, que desciende dejándonos a merced de nuestros “bajos impulsos”, que quedan fuera de control. Es la fase del éxtasis.

La segunda etapa —la de el sol brilla y los pajaritos cantan— es la de la consolidación de vuestro amor. Por eso le gritáis al mundo que sois pareja en pastelosos posts de Facebook. Vives entonces dominado por los efectos secundarios del exceso de dopamina, serotonina y la noradrenalina.

Se obtiene así la sensación de placer y de recompensa al estar con esa persona —de ahí el enganche— y el cerebro pone en marcha sus mecanismos para afianzar la unión, entrando en juego la toma de decisiones.

Por cierto que lo de Facebook también tiene explicación evolutiva: según Desmond Morris, los gestos amorosos públicos son una forma de alejar a la competencia. Uno de nuestros resquicios animales de nuestra conducta sexual.

Por último, el apego viene precedido de un despliegue de la vasopresina y también de oxitocina, la hormona responsable del vínculo. La que segregan las madres cuando ven a sus bebés y que es fundamental para la lactancia. Ambas intervienen también en el orgasmo.

El cerebro, a estas alturas, entiende que ya habéis tenido hijos y quiere manteneros unidos para que podáis cuidar bien de ellos y las hormonas que intervienen se encargan de darte esa sensación de “comunión” con tu pareja.

¿Por qué te gusta tu pareja?

En “El mono desnudo”, Desmond Morris explica cómo el sexo humano ha evolucionado, haciéndose más duradero y placentero que el de nuestros ancestros chimpancés, con el fin de que la pareja siga unida. Y esta evolución empezó, dice, cuando nos erguimos por primera vez, mostrándole al mundo nuestros genitales. Porque todo en nuestro cuerpo está diseñado para despertar deseo en el otro.

Pero, ¿por qué te gustan más unos cuerpos que otros? Dejando a un lado los cánones de belleza que cambian radicalmente en cada sociedad o cultura, Helen Fisher cree haber dado con la respuesta: somos capaces de leer inconscientemente en el rostro de alguien su química e identificarle con un arquetipo de personalidad, eligiendo así —supuestamente— mejor.

Somos exploradores, directores, constructores o negociadores y las uniones se basan en el equilibrio de ambas personalidades.

Pero para que te enamores de alguien en concreto, intervienen otros factores, como la proximidad o lo contrario, la falta de familiaridad. Es decir, nos atrae el misterio. De hecho, esa es la jugada de muchos: hacerse el/la misterioso/a. “La gente con misterio nos resulta novedosa. Y lo novedoso se asocia con altos niveles de dopamina, el neurotransmisor del romance”, afirma Fisher en “Por qué amamos…”.

Ambos sexos nos desarrollamos por separado y seguimos siendo, en general, un misterio que nos esforzamos en descifrar con cada relación

Morris lo explica diciendo que nos separamos por sexos durante la infancia con la finalidad de sentir la emoción de descubrir al otro sexo llegado el momento.

Del rechazo se pasa a la curiosidad y de ahí a la atracción que fomentará la creación de un lazo.

Por eso cuando somos niños decimos odiar al otro sexo y luego no podemos vivir sin el otro (ni con el otro). Ambos sexos nos desarrollamos por separado y seguimos siendo, en general, un misterio que nos esforzamos en descifrar con cada relación.

Del éxito de esta misión y de lo capaces que seamos de mantenernos cuerdos mientras estas oleadas de química desatan una tempestad en nuestro interior, depende, en parte, el éxito del amor.

Fotos | karenwarfel para Pixabay, Pinterest

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