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El otro final de... París, Texas

El otro final de... París, Texas

Cuatro años llevaba Travis desaparecido; cuatro años enfermo de celos y alcohol sin querer saber nada de nadie; cuatro años vagando por ahí… hasta que una noche escuchó la música de Documentos TV y, después de ver a Pedro Erquicia, le entraron unas ganas locas de comprar una parcela en el desierto de Mojave. Para ello no dudó en vestirse con su mejor traje, tocarse con una gorra roja llena de mugre y ponerse a andar; como Forrest Gump, pero sin hablar con nadie.

París, Texas, Wim Wenders

No llegó a su destino. Por el camino perdió todo: voz, recuerdos y proyectos. Por perder, perdió hasta el conocimiento. Un médico alcohólico le reanimó y, ante su negativa a articular una sola palabra, llamó al único teléfono que llevaba en la cartera. Resultó ser el de su hermano Walt quien, feliz por tener noticias suyas, fue a su encuentro desde Los Ángeles.

No fue un reencuentro jubiloso, más bien lo contrario, porque Travis no puso nada de su parte para parecer agradecido. De hecho, huía en cuanto tenía ocasión. Solo el empeño de su hermano consiguió sacarle algo de conversación cuando ya llevaban tres días de viaje y estaban a punto de llegar a LA.

Les esperaba Anne, la mujer de Walt, y Hunter, el hijo que Travis abandonó hacía cuatro años.
El niño, dubitativo y escéptico los primeros días, cedió a la propuesta de su recién estrenado padre y se largaron a buscar a Jane, la mujer que abandonó Travis y madre de Hunter, a su vez abandonado por ella. (Este párrafo puede que requiera una segunda lectura para su total comprensión).

Gracias a que Jane ingresaba dinero en la cuenta de su hijo el día cinco de cada mes en una sucursal de un banco en Houston, Texas, Travis pudo localizarla con cierta facilidad. La siguió y llegaron hasta el lugar donde ella trabajaba como chica de alterne.

Un planazo, vamos.

El inexpresivo Travis, soso y ciertamente mohíno, concertó una cita con ella en una de las cabinas donde Jane debería mostrar sus encantos.

No se quitó ni la blusa. Una pena, la verdad, teniendo en cuenta su belleza.

Después de media hora de conversación (literalmente media hora, así que te recomiendo no verla a la hora de la siesta) a través de un teléfono, y separados por un cristal con espejo, llegaron por fin a la conclusión de que lo mejor era que Jane volviera con su hijo.

Y así fue. Pero cuando todo parecía apuntar a que la vida podía empezar de nuevo para este matrimonio, el rarito de Travis se montó en su furgo y se largó. Destino: París, pero el París de Texas, su famosa parcela en el desierto de Mojave, un lugar donde lo más divertido que se podía hacer era cazar moscas a escupitajos.

Aquella parcela era, según la versión del propio Travis, el lugar donde sus padres le engendraron y, por lo tanto, el lugar donde quería morir. Nada más llegar, se quitó la gorra, y dejó que el sol le arrebatara la poca vida que le quedaba.

Tres años después, Jane y Hunter han recibido una notificación de una empresa petrolífera interesada en hacer prospecciones en aquella parcela que habían heredado de Travis. El día ha llegado. Hoy empieza la extracción.

—¿A cuánto está el barril? —pregunta Jane con una calculadora en la mano.


Texto: Rafael Caunedo
Imágenes: Channel Four Films
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