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El otro final de... Un lugar donde quedarse
El otro final de... Un lugar donde quedarse
No te asustes, déjale pasar, apenas se dará cuenta de tu existencia, él vive en un mundo aparte. No le pidas autógrafos, no le gusta, aunque comprendo que te va a resultar muy difícil no sacar el móvil y hacerte un selfie con él. Hazlo rápido, te lo recomiendo, porque no creo que ni siquiera se pare.

Cartel Un lugar donde quedarse

Siempre le verás con unas gafas negras enormes, salvo cuando mira la carta del VIPS, que se coloca unas lentes muy finitas en la punta de la nariz, sujetas por un cordoncillo al cuello. No le interrumpas mientras come: te ignorará.

A mí me cae bien a pesar de ser un tipo al que las drogas le han dejado muy poco cerebro y un hilo de voz que le quita toda prestancia. Fue estrella de rock, un siniestro, o gótico, llámalo como quieras, al que su personaje le ha absorbido el seso y ya no puede desprenderse de él fuera de los escenarios.

Han pasado treinta años y todavía se sigue pintando las uñas de negro y manteniendo la teoría de que es mejor que la guitarra solista no esté por encima de la guitarra rítmica. Un crack.

Los últimos días los ha pasado en Estados Unidos. Ha ido para encontrar al nazi que torturó a su padre en Auswitch. Es verdad que lo ha encontrado, pero a pesar de llevar un pistolón bajo la chupa, ha preferido humillarle antes que matarle. Lo ha dejado desnudo y se ha ido. Después, ha cogido el barco de regresó a Irlanda con la conciencia más tranquila.

Tiene el nervio ciático hecho unos zorros, lo que le ha obligado a bajar el ritmo de sus partidos de pelota mano con Jane, su mujer, a la que tampoco le gustan las piscinas con agua, de suerte que ambos se divierten utilizándola de improvisado frontón. Debido a su delicada salud, Jane le ha convertido en un fanático absoluto del tai-chi, hasta el punto de que en el ala oeste de su mansión ha montado un gimnasio para practicarlo los días de lluvia.

Un verano pasé un fin de semana con ellos. El sábado me despertó Cheyenne antes de que saliera el sol para hacer tai-chi justo al amanecer. En Irlanda da igual que sea verano o invierno, allí nunca sale el sol, así que lo hicimos en el gimnasio mientras jarreaba fuera.

Nunca se me olvidará el consejo de Cheyenne al terminar la sesión: “Tómate el tai-chi con calma”. Lo dijo como si fuera una reflexión profunda y de lo más sesuda. Cualquiera que haya practicado tai-chi entenderá la coña.

Pero insisto en que me cae bien, me enternece. Eso sí, su conversación es limitada. Si salvas ese fallo, por lo demás es un tipo encantador. Hasta el mismísimo Jagger cayó rendido a sus encantos y le pidió que cantara con él en uno de sus conciertos.

Este año volveré a Dublín. Ya os contaré.




Texto: Rafael Caunedo
Imágenes: Indigo Films, Lucky Red, Medusa Films.
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