Información

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrar a los usuarios publicidad relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Si se continúa navegando, consideramos que se acepta su uso. Es posible cambiar la configuración u obtener más información aquí.

El otro final de... Amarcord
El otro final de... Amarcord
A Titto le faltó tiempo para venir a contarme lo de la estanquera con todo lujo de detalles. Y yo, que hasta entonces no había cogido un pitillo en mi vida, quise probarlo a ver si así también me ocurría lo mismo que a él.



Me presenté en el estanco a la mañana siguiente con la excusa de comprar tabaco y, sin venir a cuento, intenté cogerla en volandas como hizo Titto. Lo conseguí a duras penas dado que no abarcaba su perímetro. Cuando ya esperaba la famosa recompensa, en lugar de pasar lo que tenía que haber pasado, la estanquera me soltó el ostión de mi vida. Acostumbrada a cargar con fardos y a cortar leña para su cocina, aquella bofetada fue como si me la diera el mismísimo Primo Carnera. Desde entonces un pitido fino y agudo me acompaña dentro del oído izquierdo.

Es un problema grave porque cada vez que me excito, el pitido aumenta de volumen. Y claro, en un pueblo como el mío donde todas las mujeres tienen esas caderas tan…, tan…, tan italianas, es difícil que no pite.

Es verlas subirse en sus bicicletas y el pitido se enloquece.

El padre Pizziolo siempre nos pregunta si nos tocamos. Todos decimos que no, pero él sabe que lo hacemos a diario.

Sólo cruzando el pueblo subido en mi moto a toda velocidad logro hacer que el pitido desaparezca. Por eso todo el mundo me odia. Dicen que contamino, que hago mucho ruido, ¿pero qué quieren?, ¿qué me vuelva loco como el tío Teo y me suba a los árboles pidiendo una mujer?

La única que me hace caso es Volpina; claro, a mí y a todos. Dicen que es ninfómana. Va por las calles pidiendo guerra y nadie le hace caso a la pobre. En realidad, todos estamos enamorados de la Gradisca. ¡Qué mujer! Se casó con un príncipe por su dinero. Yo sé que le odia, por eso me paso todo el santo día con mi moto aparcado en su puerta por si alguna vez decide venirse conmigo. Con ella no me importaría tener pitido en los dos oídos, haría lo que fuera.

A veces tengo la tentación de volver al estanco e intentarlo de nuevo, esta vez con más tacto. Soy incapaz de quitarme de la cabeza lo que me contara Titto sobre aquella mujer. Tal vez lo haga hoy, a última hora, igual que hizo él, a ver si así esta más dispuesta.

Si no oyen mi moto mañana, por favor, avisen a los carabinieri. Si no vuelvo, digan a la Gradisca que la quiero.



Texto: Rafael Caunedo
Imágenes: Simone Artibani
También te
recomendamos
Cultura
Si sigues diciendo que el anime son solo dibujitos te estás perdiendo auténticas joyas Cuéntame más
Cultura
¿Por qué nos enganchan las series? Cuéntame más

Cuéntanos algo