Cómo la gratificación inmediata está creando generaciones incapaces de controlar sus impulsos

Cómo la gratificación inmediata está creando generaciones incapaces de controlar sus impulsos

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Vivimos en un mundo de inmediatez. En una sociedad en la que nos hemos acostumbrado a tener todo lo que queremos en el menor tiempo posible. Entregas al día siguiente, comida rápida, aplicaciones para ligar en cuestión de minutos… Todas nuestras necesidades biológicas y caprichos se ven satisfechos con una rapidez que, hasta ahora, en toda la historia de la Humanidad, nunca se había producido de este modo.

Esto no sólo se aplica a la edad adulta. En esta era donde la conciliación roza lo imposible, estamos educando a generaciones enteras dentro de este concepto de gratificación inmediata. Y las consecuencias están comenzando a dejarse ver.

La gratificación inmediata, un problema relativamente joven

A finales de los años sesenta y comienzos de los setenta se llevó a cabo un experimento en la Universidad de Stanford. El psicólogo Walter Mischel reunió, durante estos años, a más de 600 niños en grupos de treinta y dos individuos, todos entre tres y cinco años de edad. El proceso era sencillo: los situó, uno por uno, dentro de una habitación donde había, sobre una mesa, una Oreo, una nube —marshmallow, que daría el nombre al experimento— o un pretzel.

Los niños podían elegir comerse en el momento una de las chucherías, pero también podían escoger esperar durante 15 minutos y poder comerse otra más. Muchos de los que decidieron esperar usaban métodos para distraerse a sí mismos, desde taparse los ojos para no ver las chuches hasta tirarse de las coletas para mantener su atención en otra cosa.

Los resultados hablaban por sí solos. Una minoría residual decidió comerse la nube en el momento, y de todos los que decidieron esperar, más de un 30% lograron completar los 15 minutos y comerse el segundo premio, siendo los mayores los más capaces de completar esa espera.

Los niños que lograron esperar para recibir el premio se han desarrollado mejor como adolescentes y adultos

Este estudio tuvo otros que lo siguieron, años más tarde, para comprobar cómo había sido el desarrollo de los niños que habían conseguido esperar con éxito. Los que mostraron capacidad para controlar sus impulsos durante el experimento demostraron haber tenido muchos menos problemas de conducta durante la adolescencia, tenían una autoestima más alta y mejores relaciones personales. Incluso obtuvieron mejores notas en sus exámenes de acceso a la universidad que los niños que no lograron esperar.

Como adultos, estos niños tuvieron menor tendencia a divorciarse, ocuparon mejores puestos y con mayor sueldo y en general, un mejor estado de salud.

Los que no pudieron esperar, por contra, desarrollaron comportamientos disfuncionales como el abandono temprano del colegio hasta el abuso de sustancias, pasando por embarazos no deseados, condenas por crímenes, agresividad, problemas financieros y sobrepeso.

Transmitiendo lo que sabemos

La responsabilidad de la educación de los niños recae sobre los padres y, en último término, sobre la sociedad en la que se encuentran todos ellos. Y a día de hoy, vivimos en una sociedad donde el entretenimiento, la comida, el sexo e incluso los viajes son cuestión de segundos, minutos o pocas horas. Cosas que antes tardaban días y que requerían de esfuerzo y disciplina, ahora las tenemos de forma instantánea.

Somos producto de esta inmediatez y es adictiva. ¿Por qué esperar y ahorrar para comprar un juego si puedes descargarlo semanas antes de que salga a la venta? ¿Para qué cocinar un plato delicioso, que llevaría horas, si puedo ir y pedir una pizza sin moverme de casa? Podríamos pensar que nadie, en su sano juicio, retrasaría tener algo que quiere, algo que desea, o que incluso cree que necesita. Y ahí, justo ahí es donde nace el principal problema.

La gratificación instantánea no sólo nos evita la frustración, también genera adicción

Adultos que se han convertido en adictos a obtener todo cuanto antes y de la mejor forma posible sólo pueden educar a niños a su imagen y semejanza. Por primera vez en la historia vivimos en una sociedad donde casi no necesitamos esfuerzo para satisfacer casi cualquier necesidad. Las cosas, los logros pierden buena parte de su valor al eliminar ese componente de esfuerzo que sí existía antes.

Claro que nuestra vida es más cómoda, y no se trata de volver al campo con la azada y el arco, pero sí de encontrar un término medio y éste consiste, fundamentalmente, en aprender a controlar nuestros impulsos y, lo que es más importante, en enseñar a nuestros hijos a hacerlo.

Lo que hacemos en la infancia repercute en la adolescencia

Beatriz Cazurro, psicóloga especializada en el colectivo infantil y en la asistencia a padres en los procesos educativos, nos cuenta que es normal que haya una edad en la que los niños muestren ciertos rasgos de autoritarismo o, lo que se ha venido a llamar tiranía.

“A los dos dos años, los niños comienzan a separarse de sus padres, a buscar algo de independencia y comienzan con los "no", los "no quiero" y los "yo solo", algo totalmente normal y necesario para su desarrollo.”

Es importante, por tanto, distinguir entre el proceso natural de afirmación de personalidad de un niño, y lo que podríamos llamar tiranía. Y Beatriz aclara que, si bien este comportamiento es aceptable en cierta medida, tiene que ir aparejado de una serie de apóstrofes educativos por parte de los padres.

"Acompañar a los niños en las emociones que sienten es clave para su desarrollo"

“Aunque es importante permitirles ser autónomos y enfadarse, paralelamente los papás tenemos la responsabilidad de ayudarles poquito a poquito a entender dónde están los límites, puesto que vivimos en sociedad. Y para eso necesitan entender que hay otras personas con sentimientos, pensamientos y deseos diferentes a los suyos e igual de válidos. Por eso, a parte de permitirles ser autónomos y tomar decisiones, también es importante permitirles frustrarse. Aprender a frustrarse es una de las cosas más importantes y útiles que les vamos a enseñar”.

Detectar si un niño está de lleno en este tipo de dinámica es clave para reevaluar su educación. Algunos de los principales rasgos que exhiben estos pequeños son desmotivación, conductas explosivas o incapacidad para aceptar un no por respuesta, según señala nuestra psicóloga. Momento en el cual es fundamental parar y reflexionar sobre qué tipo de pautas está recibiendo.

La frustración es una de las herramientas claves con la que un padre puede contar a la hora de educar a su hijo en las primeras etapas de un control sano de los impulsos. Caer en el error de proporcionales todo lo que quieren en el momento que lo demandan y de la forma en que lo piden, sin paliativos, es nuestra forma de transmitir esa gratificación instantánea a la que nosotros ya estamos acostumbrados y que en el caso de un niño, en una etapa tan temprana como la primera infancia, puede tener repercusiones muy graves en su posterior desarrollo.

“Si nos encontramos con que de niños no nos han dicho nunca que no o no nos han permitido experimentar los límites que la propia realidad pone nos va a ser muy difícil aceptar situaciones típicas de la adolescencia como el rechazo, los conflictos entre iguales, los cambios corporales... La pérdida de control de impulsos no es más que una dificultad enorme para gestionar una emoción. Estos adolescentes no han tenido la oportunidad de experimentar su frustración, ansiedad o enfado y gestionarlo, lo cual, si lo pensamos desde este punto de vista, es tremendamente injusto”.

El refuerzo positivo sí, pero con matices

Una de las herramientas educativas que más “de moda” están en la actualidad pero que, si lo pensamos, llevan años entre los recursos de los padres de varias generaciones, es el refuerzo positivo. El típico “si acabas los deberes vamos al parque” o “cuando termines de comer todo te doy una chuche” puede resultar efectivo en situaciones puntuales, y es algo por lo que todos hemos pasado.

Compartir con nuestros hijos un momento de alegría o de frustración es mucho más importante que darles un premio o consolarlos con un dulce

Pero Beatriz incide en la importancia de tener claro cuándo utilizar el refuerzo positivo material en la infancia, si no queremos conseguir al final el resultado contrario. Los niños deben aprender a valorar la gratificación que produce cualquier logro, aceptar y reconocer los sentimientos de valía que genera conseguir algo que se desea. No es algo negativo, ni es el tipo de gratificación instantánea de la que deberíamos huir.

“El problema surge cuando en vez de darle espacio a estos sentimientos, los sustituimos por regalos. Poco a poco los niños dejan de hacer las cosas por el propio placer de hacerlas y acaban haciéndolas para recibir un premio”.

Cuando este comportamiento se ha asentado durante años, si el premio termina desapareciendo y a esto le unimos la nula capacidad de frustración con la que muchos niños llegan a la adolescencia, nos encontramos con un verdadero problema de control del impulso, en este caso de la ira, que estalla al no ser capaces de gestionar la frustración que sienten en estos casos. Y esto es el epicentro de muchos de los problemas con que los padres de chavales adolescentes se están encontrando.

Este tipo de educación, basada en tratar de consolar a los niños de forma instantánea con regalos, chucherías u otras bagatelas, de distraerlos de sus emociones negativas y de sucumbir a todas sus peticiones sólo por el típico “para que no dé guerra”, puede erradicarse.

Es cierto que estamos ante una consecuencia directa de una sociedad acelerada, en la que los padres pasan muy poco tiempo con sus hijos —menos del necesario— y no quieren que el tiempo que sí consiguen compartir con ellos esté teñido por pataletas, lloros o enfados. Se busca un quality time, sin darse cuenta de que caer en estas dinámicas tiene unas consecuencias que pueden llegar a ser muy graves en un futuro cercano.

La educación que recibimos como niños puede tener serias repercusiones en nuestro futuro como adultos, y aprender a lidiar con la frustración es clave en este proceso

“Vivimos en una sociedad sin tiempo, que va a la carrera, en la que la paternidad y maternidad se entienden como un rol desde el que conseguir que nuestros hijos sean de una manera cuando es mucho más fácil acompañarlos en el camino de convertirse en quien ellos verdaderamente son”, relata Beatriz. Debemos dar espacio a nuestros hijos para que formen su carácter, su personalidad, y no buscar atajos cuando las cosas “se ponen feas”. Es algo natural y con lo que ellos mismos deben aprender a lidiar. La edad adulta está llena de esas situaciones: imaginar cómo lidiar con ellas sin recursos tan básicos como la frustración o la gestión de nuestras emociones es una pesadilla.

“En vez de darles un regalo por ponerse las zapatillas solos podemos saltar de alegría con ellos, reflejar el logro, ver su reacción y disfrutarla con ellos. No hay mayor gratificación que ésa. De la misma manera, podemos acompañarlos cuando la realidad sea frustrante. No pasa nada si les quitan el columpio y se enfadan, no hace falta salir corriendo a otro parque o darles una galleta para que se les pase, podemos ir a su lado en esa frustración, ayudarles a expresarla, buscar alternativas y dejar que elijan la que les valga —a veces nos empeñamos, por ejemplo, en que vayan a decirles a los niños del columpio algo cuando en realidad quieren estar sentados en el banco enfadados un buen rato—”.

Respetar la personalidad naciente del pequeño, ayudarle a establecer límites, disfrutar de las emociones positivas y aprender a gestionar las negativas, enseñarle qué es la frustración y cómo le puede ayudar en su desarrollo, entenderla como una herramienta necesaria y, en general, ir de la mano con ellos en ese camino que acaban de empezar son algunos de los recursos más importantes que cualquier padre debe tener en su caja de herramientas.

Fotos | iStock - Choreograph, Dragonimages, Gpointstudio, g-stockstudio, Marjan_Apostolovic, michaeljung, evgenyatamanenko

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