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Las apps para ligar han arruinado el mundo de las citas

 
Artículo / Cultura

Las apps para ligar han arruinado el mundo de las citas

Las nuevas tecnologías han llegado a todos los sectores imaginables. Educación, gastronomía, ciencia… Era cuestión de tiempo que a alguien se le ocurriera crear una aplicación para ligar, y evitarse, precisamente, todo ese ritual que nos ha acompañado durante décadas —¡siglos!— y crear un acceso directo a lo que realmente nos interesa.

Pero allí donde muchos ven las ventajas de saltarse todo el proceso para ir al meollo de la cuestión —o al menos, intentarlo—, otros tantos detractores se han dado cuenta de una cosa: Tinder, Badoo y compañía se han cargado el mundo de las citas.

Adiós al cortejo

Seamos sinceros. A todos nos gusta que nos vayan detrás. Seguro que si te paras a pensar, recuerdas como mínimo una ocasión muy concreta en que la persona que te gusta te miró a través de una habitación llena de gente, o te sonrió en mitad de la disco en lugar de hacer caso a sus amigos. Y qué decir de ese momento en que se acercan a hablarte al oído porque la música está tan alta que no se puede charlar de otra forma. ¡El corazón se nos dispara!

Ligar a través del móvil se ha cargado algunos de los momentos más divertidos de hacerlo al modo tradicional

Las apps han frustrado algunas de las mejores partes de ligar. Hace unos años, salir a un bar a tomar algo con tu grupo de colegas y buscar a alguien que te hiciera tilín, intercambiar miradas, armarte de valor hasta que te acercas y preguntas su nombre… Todo ese proceso de acercamiento ha desaparecido. Y no me digas que no era divertido. Sí, vale, también es posible que seas una de esas personas extremadamente tímidas para las cuales esto es un sufrimiento, pero en general, esta primera toma de contacto, este medirse con la mirada era tremendamente divertido —y excitante—.

Y eso hablando de los casos en que todavía no te conoces. ¿Qué pasa con el clásico “voy a presentarte a un amigo, verás qué majo es”? Ésta es una de las formas más típicas en las que conocer a tu futura pareja. O al menos, lo era, porque ese deslizar a derecha e izquierda se ha cargado totalmente la forma tradicional de conocer a posibles compañeros de fatigas amorosas.

Ahora mismo, no es necesario socializar para conocer a tu novio, rollo, amigo con derecho a roce o indeterminado. Ya no hace falta salir a un bar, no hace falta decirle a tu mejor amigo que te presente a su compañera de prácticas —después de verla salir del curro se te quedó grabada en la retina—, ni siquiera bajar a tomar un café a tu sitio favorito, ése al que te llevas el portátil y los apuntes y te pasas la tarde más a gusto que en casa.

El cortejo es un proceso esencialmente social. Se compone de miradas robadas en grupos de gente, de sonrisas inopinadas cuando dice algo divertido, de convertir una reunión de amigos en un bis a bis en el que parece que no hay nadie más delante. Y, por supuesto, de quedar a tomar un café para conoceros mejor, de salir una noche de fiesta a pasarlo bien y ver si a ella también le gusta el trap.

Como en tantos otros ámbitos, la tecnología está suplantando la parte más social de todo el proceso

Sin embargo, con una app de citas lo único que tienes que hacer es buscar una foto de alguien que te guste, ver si te encaja —más o menos— y deslizar a la derecha. Horas, días, incluso semanas de cortejo que desaparecen en cuestión de segundos, sintetizados a una acción sin contacto físico, sin conexión psicológica y sin ningún cariz emocional. ¿Dónde están las mariposas en el estómago?

Las apariencias engañan

Esa síntesis del cortejo nos plantea otra de las cuestiones que más se da en este tipo de redes. Ves una foto, aceptas una “cita” —en el mejor de los casos, ya que si eres usuario de estos servicios, ya sabes a qué va la mayoría de la gente—, y cuando te presentas allí… Ni tú eres como la foto, ni él o ella lo son tampoco.

No te autoengañes. Sabes que esa foto que has subido, en el caso más sincero, es la mejor que tienes. Te la hiciste de vacaciones —relajado—, con esa playa de fondo tan maravillosa —la luz es increíble—, encima habías perdido un par de kilos para poder lucir bañador y, por si las moscas, le has dado una pasadita de filtros para quitar ese granito que te salió en la frente y que no se te marque tanto esa lorcita de la cintura. Vamos, estás de diez.

Y sí, claro que esa persona eres tú —más o menos—, pero si alguien que no te conoce tiene que buscarte en un lugar nuevo e identificarte por ella… Es más que probable que la decepción esté garantizada. El proceso, a la inversa, también está ahí. Tú aceptas una cita con una imagen estática que, garantizado, es la mejor de la persona que la ha subido. Muestra sus mejores cualidades, y seguramente hasta esté un poquito retocada para que quede aún mejor. La realidad, por desgracia, es bien distinta.

Esto no sólo es un problema de decepción, que seguramente, si eres usuario de estas aplicaciones, ya la has sufrido en tus propias carnes. También genera una preocupación considerable en uno mismo. Cuando tú subes una foto en la que sales guapísimo, te ves genial y a veces hasta se te pasa esa típica frase de “casi no me reconozco” por la cabeza, inmediatamente después de concertar una cita surge la ansiedad.

Subir una foto excesivamente retocada no beneficia a nadie... y te genera una ansiedad innecesaria

¿Me reconocerá? ¿Se sentirá engañado? Y lo que es peor, ¿me sentiré yo engañado? La respuesta a estas preguntas es, por norma general, sí. Nunca vas a encontrarte con alguien que esté mejor en persona que en foto

Todo esto tiene una trascendencia mayor de la que imaginamos. En el proceso de cortejo, ese que ya nos hemos cargado para reducirlo a deslizar el dedo por la pantalla, intentamos mostrar nuestra mejor cara —en sentido figurado—. Nos esforzamos por ser más tolerantes, más divertidos, más calmados —o más energéticos—, en general, nos esforzamos por parecer —y ser— mejor persona. Una persona que se merezca estar con ese alguien que nos trae locos.

Y sin embargo, eso desaparece con las apps. Todo se reduce a salir bien en una foto. ¿Dónde está la diversión en eso?

Cantidad antes que calidad

Ligar en el siglo XXI es cuestión de números. Antes, con suerte, tenías a una persona en mente en lo que a tentativas amorosas se refiere. Cuando entraban dos en tu vida y no podías elegir, el drama estaba asegurado. ¿Y si quedo con los dos y se entera el otro y...? La cosa echaba humo.

Llegar a cerrar varias citas en un solo fin de semana no es tan infrecuente, lo que sí lo es, es que alguna salga bien

Pero llegaron Tinder & Co. y de repente, tener sólo una o dos solicitudes es poco menos que sentirse un orco de Mordor con un brote de acné. Cuando hace unos años, ligar era como pescar en alta mar, ahora todos los peces están en un barril. Y tienes que intentar que muerdan el anzuelo cuantos más, mejor.

Nadie que utilice estas aplicaciones decide enviar una solicitud, una sola y exclusiva, y esperar durante días a una respuesta, antes de seguir adelante a la siguiente. Tinder es un catálogo y como buen catálogo, las opciones son infinitas. Hay una gran cantidad de personas dispuestas a saltarse todos los pasos tradicionales para conocer a alguien. Si no encuentras por tu zona, tienes posibilidad de buscar en otras áreas geográficas. Ligar nunca ha sido tan sencillo, logísticamente hablando.

Así que en estos días, ligar es cantidad antes que calidad. Intentas tener el mayor número de citas posible, porque sabes que en muchas te vas a llevar una buena decepción. Sabes que en otras, la decepción se la llevará el otro. En alguna incluso es posible que no se presente, o que tú, al ver el percal, te des media vuelta discretamente y hagas bomba de humo. 

Pero aún así, programas media docena de citas en cuatro días, porque ya no se trata de conocer a alguien a la vieja usanza y decidir si quieres o no algo más con esa persona. Ahora hay que meter el turbo y descartar. Y para poder descartar, necesitas cantidad. ¿Calidad? Totalmente secundario.

Así, acabas quedando con gente con la que sólo tienes en común ser de la misma especie —o ni eso—. Gente que no tiene ni tus gustos, ni tus aficiones, ni tu perspectiva sobre la vida. Gente que, en la “vida real”, no habrías mirado dos veces después de que soltara alguna de sus opiniones. Y ahí estás, tomándote una copa y pensando ya en las tres citas que te quedan ese fin de semana.

En serio, ¿a esto se le llama ligar?

Fotos | iStock - Polke, Arthur Hidden, demaerre, SanneBerg, encrier, monkeybusinessimages, domoyega

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