Instagram ha cambiado nuestra forma de comer, de salir y… ¿de viajar?

Instagram ha cambiado nuestra forma de comer, de salir y… ¿de viajar?

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Vas con tus amigos a cenar. Y, cuando os sacan los platos a la mesa, el geek del grupo, ese que vive pegado a su teléfono y que te cuenta cada dos días una novedad que va a implementar la última startup que él ha apoyado en un crowdfunding, saca su móvil. “Ay, madre”, decís el resto, antes de llevaros las manos a la cabeza.

Lo que se sucede está claro: tu amigo se levanta de la silla, hace mil fotos cenitales del plato, otras tantas de primer plano (ese tartar de atún tiene unos colores increíbles que no puede no fotografiar), escoge una de ellas, la edita y la sube a Instagram. Ya puede cenar tranquilo: ya ha hecho check en el sitio de moda.

Esta hiperbólica caricatura refleja una realidad que, con matices y en mayor o menor grado, todos hemos vivido. Instagram, que llegó hace apenas 6 años a nuestras vidas, ha cambiado nuestra forma de consumir, de comer, de salir y hasta de viajar. ¿O es que tú no miras las fotos que hay en la ubicación de tu destino antes de despegar?

No vamos a entrar ahora a analizar cómo ha evolucionado nuestro modo de organizar escapadas gracias a internet. El asunto de las reservas online y lo mucho o poco que creemos en las opiniones de otros usuarios son temas sobre los que ya se ha tecleado bastante. Hoy nos planteamos si Instagram es nuestra nueva guía de viajes.

 

El efecto contagio

Por todos es sabido que las redes sociales tienen, muchas veces, la capacidad de generar en nosotros la necesidad de tener algo, hacer algo, opinar sobre algo o visitar algo. Y parece que va creciendo la fuerza de Instagram como motor que nos impulsa a acudir a un lugar concreto.

¿Un ejemplo? Ahí va. En 2009, Trolltunga, una roca de las montañas que bordean el lago noruego de Ringedalsvatnet, recibió unos 500 visitantes. En 2016 superó los 40.000. ¿Qué pasó en ese tiempo? Instagram. En la red social se popularizaron increíbles instantáneas de viajeros que posaban en este precioso enclave natural. Y su popularidad —y número de visitas— creció como la espuma.

Los instaviajeros no solo quieren pasarlo bien o vivir aventuras y conocer increíbles parajes. Quieren la foto perfecta en el lugar perfecto. Y —esta es otra de las curiosidades de los viajes en la era 2.0— no les importa recorrer centenares de kilómetros con tal de llegar a ese sitio en el que quieren posar.

¿En serio tanta gente habría ido a la Muralla Roja —situada en Calpe, a unos 60 kilómetros de Alicante— de no haber sido por la popularidad de este edificio en Instagram? La urbanización lleva en pie desde 1973, cuando el arquitecto Ricardo Bofill la completó, pero no fue hasta 2016 cuando turistas de todo el mundo se fijaron en ella.

Otro caso curioso es el de la pista de baloncesto de Pigalle, en París. En el noveno distrito de la capital francesa, la firma de moda del mismo nombre que el barrio se alió con Nike y, el pasado verano, llenó de color esta cancha. Hoy, hipsters de medio planeta que visitan la ciudad recorren las calles de esta zona hasta dar con este lugar. Y prefieren una foto de la canasta en su galería antes que una de la Torre Eiffel. ¿Efecto Instagram o mera casualidad?

Abran paso a los haters

Como siempre y como en todo, también hay quien critica el hecho de que la red más visual se haya convertido en nuestra hoja de ruta y nuestra consejera viajera. Ya en 2016 la periodista Mary Pilon publicó un artículo titulado ‘Instagram está arruinando las vacaciones’ en el que hablaba, precisamente, de eso: cómo la locura por el selfie perfecto puede acabar con el placer de disfrutar de un buen viaje.

El uso masivo de la app como guía virtual no tiene por qué ser malo o abocarnos a todos a un turismo prefabricado y sin margen de innovación. Sí, hay lugares repletos de gente —muy populares en los hashtags de IG— en los que el sencillo hecho de caminar resulta imposible. Pero esos sitios ya existían en la era de las agencias de viajes.

La red —con su algoritmo y su segmentación— también nos enseña ubicaciones, bares, museos, puentes y plazas que tienen un encanto especial para nosotros y para poca gente más. Por ejemplo: puede que, según los perfiles que sigues, hayas llegado a enamorarte del Museo del Neón de Varsovia. Pero es algo tan particular y concreto que el mero hecho de que Instagram lo enseñe no va, previsiblemente, a convertirlo en un lugar masificado.

A través de múltiples iniciativas y perfiles, Instagram es también un altavoz perfecto para que los encantos locales adquieren un carácter global. Casi todas las ciudades (con una población reseñable y unos atractivos turísticos ídem) cuentan con su comunidad de instagramers locales.

Ellos, a través de hashtags como #visitMadrid —o la ciudad correspondiente— o cuentas como @igersMadrid —de nuevo, sirva de ejemplo— enseñan a todos los millones de usuarios de la red cómo es el lugar en el que viven, qué pueden conocer además de lo turístico o dónde pueden probar esa cerveza artesana que es el último grito en la ciudad. ¿No suena tan nocivo, no?

 

La cara B de los #travelgoals

No es oro todo lo que reluce, por supuesto. Igual que la moda de añadir aguacate a cualquier plato (auspiciada en buena medida por las redes sociales) incrementa la deforestación de los bosques de México, la llegada de hordas de turistas en pos de la foto más likeable también puede tener consecuencias negativas.

El encarecimiento del coste de vida para la población local o el trastorno de los ecosistemas de las especies autóctonas por las visitas masivas, por ejemplo, a las selvas, son solo dos de los efectos que podríamos mencionar.

Y a todo esto debemos añadir la gran paradoja de los viajeros instagramers: queremos ir a los sitios a los que todos van, pero queremos que nadie más salga en nuestra foto. Como si no hubiera una decena de turistas detrás esperando a hacerse el mismo retrato y postearlo justo después. Toda una contradicción, sí, pero, ¿no es este un mundo de contradicciones?

 

Imágenes | iStock - encrier, @hikingtheglobe, @appieshot, @visit_berlin

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