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La tiranía de un gato que sólo su dueño puede entender (y aceptar)
La tiranía de un gato que sólo su dueño puede entender (y aceptar)

Hay grandes cuestiones que dividen a la humanidad en dos sectores condenados a no entenderse: la elección del cacao en polvo para desayunar, si el famoso vestido viral es blanco y dorado o azul y negro o la preferencia por los perros o los gatos a la hora de adoptar una mascota (mucho mejor que comprar).

Cada elección viene con un coste de oportunidad: si eliges perro, sabes que alguna mañana de frío invernal maldecirás el día que se te ocurrió tenerlo, pero te encanta que venga a recibirte a la puerta cuando llegas a casa. Si tienes gato, aceptas voluntariamente sacrificar la tapicería del sofá pero a cambio ganas en libertad, gracias a su capacidad para autogestionar necesidades higiénicas.

Teniendo en cuenta lo especialitos que son los gatos —independientes, nada sumisos y no siempre dispuestos a ser amados— podemos decir que los dueños de gatos son, más bien, sus esclavos. Y es que un gato hace, en pocas palabras, lo que le da la real gana, como demuestra esta selección de comportamientos gatunos tiranos. Se les puede educar, dicen. Buena suerte con eso. Mejor es entender por qué hacen lo que hacen.

Tú llama, que vendrá si le da la gana

Tú te lo curraste buscando un nombre original que le diera personalidad a tu gato —como Ragnar o Sauron— evitando caer en otros tópicos como Calcetines. A él le da igual, como confirmó una investigación de la Universidad de Tokio sobre conducta animal: pasan de someterse a tus reclamos y toman sus propias decisiones.

De ahí que “se haga el sueco” cuando puedes ver por el movimiento de sus antenas receptoras (esas orejas capaces de girar sobre sí mismas para captar cualquier sonido) que te escucha perfectamente.

Desde que fueran domesticados en Egipto hace 4.000 años para acabar con los ratones que se comían el grano almacenado, gatos y humanos han mantenido una relación simbiótica. A lo largo de la historia, nos han ayudado a combatir las epidemias de peste o a proporcionarnos información valiosa sobre el VIH. Teniéndolos en casa (o yendo a un bar de gatos) obtenemos cariño y compañía.

Los gatos han aceptado formar parte de nuestra sociedad, pero con sus normas

Los gatos han aceptado formar parte de nuestra sociedad, pero con sus normas: una sociedad felina es horizontal. Dentro del grupo no hay jerarquías, aunque, contrariamente a lo que se piensa, son animales sociables.

Por eso para el gato doméstico, no eres su dueño, eres parte de la manada. O, en todo caso, él se autoerige como tirano cuando decide castigarte con el látigo de su indiferencia.

Hogar, dulce hogar

Si tienes perro lo encontrarás junto a la puerta, provocando un vendaval con la cola, en cuanto entres a casa. Aunque hay gatos que pueden desarrollar el mismo comportamiento, ellos tienen una forma más sutil de demostrar que se alegran de verte.

Pero para compensar, pueden aprender a abrirte la puerta...

Aplicable especialmente a los casos en los que lo dejas un tiempo en casa, al cuidado de otra persona. No esperes saltos de júbilo como los de estos perros recibiendo a sus dueños. Se alegra de verte, pero se tomará su tiempo para ir a ti; puede que por el camino se estire o se afile las uñas, dejándote claro que le ha ofendido tu ausencia. Como si tu presencia durante sus 18 horas de sueño diarias fuera necesaria para él.

También los hay capaces de romper ese muro de frialdad y demostrarte su cariño. Por mucho que generalicemos, cada gato tiene su carácter. Para muestra, esta escena del reencuentro de dos mininos con su “esclava” humana: uno entusiasmado mientras el otro —Mr. Olmos— finge con toda la dignidad que puede.

Tócame, humano

Igual que decide ignorarte, también decide cuándo quiere que tú no le ignores. Suele ser ese momento en el que intentas trabajar y se planta entre el teclado y tú. O cuando estás en el sofá y te obliga a quedarte inmóvil, porque no hay almohada como tu regazo y tú quieres aprovechar ese momento en el que por fin os demostráis afecto.

ronronear, mullirte con las patas o dejarse acariciar son conductas que los gatitos desarrollaron con sus madres

Pero según los expertos en conducta felina, más que afecto, es nostalgia maternal. 

Ronronear, mullirte con las patas o dejarse acariciar son conductas que los gatitos desarrollaron con sus madres; el ronroneo sirve para hacerse reconocer, el movimiento de las patas es el mismo que hacían al mamar y tus caricias le recuerdan a la lengua de su madre.

Y aún podrías ir un paso más allá para convertirte en su madre.


Asúmelo: te utiliza.

Y te hace saber lo que quiere. Los gatos han desarrollado el maullido como consecuencia de la domesticación: “entendieron” que somos seres verbales y que si quieren llamar nuestra atención, tienen que “hablar”. Así, cuentan con 23 sonidos diferentes para comunicarse con nosotros.

¿Y mi desayuno?

Quien tiene un gato no tiene un tesoro, tiene el despertador más eficaz del mundo. No tiene botón de “cinco minutitos más, por favor” ni de desactivar alarma. No parará hasta que consiga lo que quiere de ti y es, para empezar, que salgas de la cama y le llenes el plato. Si antes se te ocurre ir al baño tendrás que hacerlo esquivándole mientras se enrosca a tus piernas y maúlla sin parar.

Porque si acepta ser tu compañero (así como han ido aceptando vivir entre humanos) es porque eres su fuente de suministros. Si además le has malacostumbrado a darle de tu comida, se comportará exactamente igual que un perro a la hora de sentarte comer: pidiendo de forma cansina, o incluso tomándose confianzas que un can no puede, como subirse a la mesa.

La curiosidad mató al gato; o le hizo más gamberro

Conviene dejar claro que, por mucho que se les haya domesticado, los gatos conservan un espíritu libre y un alma cazadora en los genes: los de su antepasado, el gato salvaje africano. Curiosear, investigar, olisquear el territorio es parte de esta conducta, tan necesaria en el exterior para saber a qué se enfrentan.

Se comportan en casa como lo harían sus antepasados no domesticados o como lo hacen sus parientes cercanos en la sabana africana.

Es ese afán detectivesco de descubrir su entorno el que le lleva a meterse en líos. En líos, en cajones, en cajas, en bolsas de plástico… Y a jugarte más de una pasada. Es, en definitiva, su instinto, lo que les conduce al camino de la gamberrada. Es lo que tiene meter a un animal que en el fondo sigue siendo silvestre en una casa hecha para humanos.

Sólo es una de las muestras de su naturaleza territorial, que sigue intacta pese a no tener que competir por el espacio, a no ser que convivan con otros gatos o animales. Tapar sus deposiciones es otro síntoma: intentan ocultar su olor de los intrusos. Igual que los machos marcan la casa con orina para demostrar a posibles competidores quién manda allí.

La preferencia por las alturas es otra forma aún más literal de hacer ver su dominancia y vigilar el terrero.

¿Hora de dormir? ¡Hora de jugar!

En la naturaleza, son cazadores solitarios. Como cualquier depredador, necesitan desarrollar y perfeccionar sus habilidades. En su versión doméstica, se comportan como si estuvieran cazando ratones imaginarios: te tienden emboscadas acechando escondidos y se lanzan a tus pies al pasar, juegan a mover y perseguir objetos o a atrapar sus juguetes, practicar el mordisco, etc. El juego es su entrenamiento.

Por eso su lenguaje corporal mientras lo hace es exactamente el mismo que el de un tigre cazando. De hecho, es el gran primo felino al que más se parece. El problema es que, como sus primos "tigreses", cazan de noche. Mientras tú intentas dormir, él se dedica a correr por el pasillo, tirar cosas y hacer todo tipo de ruidos molestos. Incluso puede que vaya a tu cama a despertarte, buscando un compi de juegos.

El ritmo circadiano invertido es uno de los conflictos más habituales en la convivencia con los gatos

El ritmo circadiano invertido es uno de los conflictos más habituales en la convivencia con los gatos, pero siempre se les puede estimular durante el día para evitar que estén tan activos por la noche. Los trucos que no fallan: una ventana para practicar la observación de aves y una caja en la que esconderse. Quien dice una caja, dice un castillo…

Las uñas las carga el diablo

Es el problema de tener un minitigre en casa. Ellos se afilan las zarpas en los árboles y de paso marcan el territorio con el olor que expulsan las glándulas entre sus almohadillas. Tu gato le imita con todo lo que encuentra a su paso: sofás, sillas, cortinas… La industria de accesorios para mascotas aún no ha dado con un rascador que les guste tanto como para renunciar a destrozarte la casa.

Ya puedes comprarle un Empire State de esparto, que él seguirá erre que erre marcando aquí y allá. Pero es que la casa entera es su territorio: que pretendas limitar su reino a ese vulgar rascador es ofensivo.

Pese a todo, no hay argumento capaz de convencer a un amante de los felinos de que no son, a cambio, compañeros ideales: independientes, inteligentes, divertidos, elegantes, fascinantes, inspiradores, aseados, curiosos y, a veces, lo suficientemente encantadores como para que les perdonemos todas sus fechorías.

Por algo genios como Picasso o Hemingway siempre prefirieron a los gatos.

Foto portada | The Official Grumpy Cat

 

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